07 abril, 2006

¿Se ha salvado Can Ricart?

Este es el artículo aparecido en El Periódico el viernes 7 de abril. A continuación está el texto entero, porque ya sabeís que en la prensa siempre hay problemas de espacio.

¿Se ha salvado Can Ricart?
Oscar Guayabero

Can Ricart se ha salvado. Este podría ser el resumen de la propuesta del Ayuntamiento hecha esta misma semana. Un 67%, aproximadamente, del recinto fabril se conservará. Afortunadamente, el incendio ocurrido justo después de la presentación municipal, en la nave conocida como Can Font, no parece haber causado daños irreparables.
En honor a la verdad y a pesar de alguna duda sobre como se preserva áreas concretas podríamos asegurar que el trabajo de presión social ha conseguido sensibilizar al consistorio hacia un complejo fabril de un indudable valor en el patrimonio industrial de la ciudad. La capacidad de aunar voluntades en colectivos con intereses, en principio, tan diversos como vecinos, historiadores, industriales y artistas ha dado resultado. Sin su constancia, el pasado verano el recinto habría sucumbido a las excavadoras.
Si duda, se debe haber tenido que negociar duro con el propietario. Sus intereses económicos, legitimados por un plan del 22@, quizás prematuro, deben haber llevado de cabeza a técnicos y políticos.
Esta es la impresión que se ha podido extraer al leer la prensa. Entonces ¿Porque la Plataforma Salvem Can Ricart han rechazado el proyecto? Sin duda, este rechazo merece una explicación clara e imagino que durante los próximos días se irán dando los oportunos razonamientos. Intentaré, sin embargo, aproximarme a esa negativa desde un punto de vista personal.

Estoy convencido que el concepto de valor histórico es uno de los errores más extendidos en Barcelona y hay que incluir en ese error tanto a cargos públicos como a colectivos sociales e incluso a algunos historiadores. El patrimonio histórico se ha basado en una idea museística del pasado. Todo aquello que se puede catalogar, datar y coleccionar es la base de la mayoría de operaciones de conservación. El resultado es una peligrosa tendencia a la momificación urbana. “…estamos viendo las pieles de la ciudad, convertida toda ella en un Bartolomé, Barcelona desollada que ostenta su pellejo como símbolo del martirio que ha sufrido” (1). Es decir, cabe preguntarse si merece la pena conservar fábricas vacías de trabajadores, talleres huérfanos de artesanos, estudios desnudos de artistas. Ya no se trata sólo de lo que se consiga rehabilitar se trata de que “el verdadero valor patrimonial viene determinado por la relación indisoluble entre el espacio y los usos sociales que lo caracterizan”(2). El patrimonio social es un valor en alza, pero no parece haber cuajado aún en la ciudad. Itziar González demostró en la fábrica de Anis del Mono en Badalona que el verdadero valor de la misma, no era su arquitectura modernista sino el proceso de elaboración del licor, el cual, por cierto, se hacía en una sala más reciente, sin valor histórico. Sin olvidar los lugares de trabajo que ofrecía.

Deberíamos ir pensando en censar los lugares de trabajo perdidos y no recuperados que ha llevado consigo toda la operación Diagonal, Forum y 22@. Un recuento cuantitativo arrojaría cifras preocupantes pero un estudio cualitativo nos confirmaría que la ciudad ha perdido artesanos insustituibles, talleres con técnicas que se perderán y estructuras sociales que no se recuperaran.
Por supuesto, no hemos de caer en el romanticismo, ni el arquitectónico, ni el social. En Pueblo Nuevo como en la mayoría de núcleos industriales se vivió duramente en condiciones de insalubridad y con contratos que harían temblar a cualquier estudiante francés. Pero el tiempo fue mutando esos complejos fabriles en viveros donde creatividad y producción industrial convivían. En este sentido Can Ricart es paradigmático. En un mismo lugar, se podía encontrar desde Hangar a una cerería artesana, desde artistas de taller en Can Font, a carpinteros y metalistas. La trama microurbana creaba espacios y rincones adecuados para unos y otros.

En ocasiones la reutilización de espacios, la adecuación de sus usos a nuevas necesidades es justo lo que da viabilidad al conjunto y sentido a su existencia. Esa relectura pero se debe hacer desde la historia en minúscula. El bar en el que coinciden, el reciclaje creativo de los residuos fabriles, un sistema de moldes semimanual que nadie más usa. Difícilmente ningún catalogo patrimonial será capaz de dar valor a estos hechos, que sin embargo, son los que pueden justificar su conservación activa. Bajo este punto de vista, no parece lógico ubicar un centro cultural, sobre los restos del último trabajador despedido. Obviamente, los talleres se pueden reubicar, los trabajadores prejubilar o reciclar laboralmente, pero se pierde un intangible, el conjunto, las sinergias, las atmósferas. Y eso es lo que pierde la ciudad, ese patrimonio social.

Para conservar Can Ricart no es suficiente con rescatar de la pica las naves y convertirlas en lofts o en oficinas, debemos tener en cuenta esa historia cotidiana que podría ofrecer un futuro interesante y necesario. Un conjunto que cree intersecciones y relaciones entre lo que necesita el barrio, sean guarderías o geriátricos, lo que necesitan los industriales que ahí habitaban y de los cuales sólo unos pocos resisten y lo que necesita la ciudad. La ciudad precisa urgentemente de centros de creación. No niego el valor de los usos mixtos. Viviendas y centros de creación pueden y deben convivir, pero corremos el peligro de tematizar Pueblo Nuevo creando magníficas rehabilitaciones arquitectónicas vacías de significado, “como caparazones después de haya sido sorbida su carne, aspirado lo blando y jugoso, suculento, sustancioso, que tenían dentro.” (3) Rodear Can Ricart de edificios de 9 o 12 plantas no es hibridar usos, es encerrarla en una jaula de cristal. Como pequeña trama urbana tiene mucho sentido como patio interior es excesivo, la verdad.

Por otro lado, no se entiende las dificultades que cada vez más interpone la ciudad a sus creadores. Sólo en Pueblo Nuevo se han perdido 23 centros producción artística, y cuatro más están en peligro, solo dos quedarán en activo, si se confirman los peores presagios. Dicho así suena terrible, pero si decimos que por una reurbanización, la rehabilitación de edificios, la falta de condiciones de seguridad, etc. se han cerrado algunos talleres de artistas, vecinos y regidores encontraran varios motivos lógicos: ruidos molestos, olores, convivencia complicada, alquileres sin actualizar, etc. La casuística concreta puede acabar justificando un verdadero éxodo de masa gris. Claro que los creadores encontraran otra ciudad, otro pueblo o quizás otra actividad, afortunadamente para ellos, se llevan el capital consigo. La que pierde es Barcelona.

El capital creativo se podría definir como los activos combinados de la sociedad que facilitan y estimulan a sus gentes y organizaciones a ser innovadoras y creativas. Esta capacidad generadora se muestra como uno de los activos más prometedores en la economía globalizada. La situación de Pueblo Nuevo, antes de empezar aplicarse el proyecto 22@ era compleja y difícil, pero tenía un potencial creativo conviviendo con una producción industrial de bajo impacto ambiental y una artesanía postindustrial haciéndose un hueco en el entramado económico. No digo que no se pudiera dirigir y mejorar esa dinámica, pero el resultado hoy, sitúa la balanza en un claro déficit en cuanto a creadores y pequeños talleres.

Paralelamente, la ciudad parece deslumbrada por el poder dinamizador de los centros culturales. Aquí y allí surgen museos, teatros y fundaciones culturales que exhiben, estudian y difunden cultura. Sea diseño, arte precolombino, artes escénicas, ciencia, gastronomía o arte contemporáneo. A la vez, se organizan eventos con importantes presupuestos para promocionar un artista o una tendencia artística. Estas plataformas de visualización cultural son validas por si mismas, pero además parecen generar unos beneficios para la ciudad que las hacen deseables: turismo de calidad, inversiones financieras, rehabilitación de las zonas cercanas, etc.

La bondad de este planteamiento se ve claramente superada por la perversidad de los resultados. Estamos edificando centros culturales sobre los escombros de lugares de producción cultural. El Quadrat d’Or de l’Eixample, promociona una zona de la ciudad que ya no es económicamente accesible para que nuestros diseñadores de moda exporten su talento al turismo cultural. Un nuevo tejido de franquicias internacionales habita ahora los bajos modernistas.
En Can Ricart, como decía, la llamada Casa de las Lenguas se hará sobre los restos, tristemente calcinados, de Can Font donde habían trabajado hasta 25 artistas y artesanos. ¿Donde están ahora? Algunos emigraron a Can Batlló, convencidos de que el mayor valor histórico del edificio les protegería. Hoy por hoy, están de nuevo en precario. Sin minusvalorar el contenido de un centro que aún desconocemos, no parece un buen trato para Barcelona. Perdemos centros de cultura y ganamos centros culturales. Podríamos llegar a no tener nada que exhibir, si seguimos echando de la ciudad a creadores, artistas y poetas.

Por todo ello, aún no se ha salvado Can Ricart. Por el momento, parece más un animal disecado con apariencia pero sin aliento. Podrá ser admirado y catalogado pero ya no podrá engendrar vida. Aún estamos a tiempo de evitarlo entre todos, y creo que Barcelona lo necesita.


1,3. Destrucción de Barcelona. Juan José Lahuerta (Mudito & Co).
2. CANTERO, Pedro A.; ESCALERA, Javier; GARCÍA DEL VILLAR, Reyes; HERNÁNDEZ, Macarena. Territorio, sociabilidad y valor patrimonial del espacio urbano. En: “Cuadernos de antoppología-etnografía”, Sociedad de Estudios Vascos, Bilbao, 2000.

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